Escribir para sentir
Desde que era muy pequeña me ha gustado escribir.
Recuerdo haber escrito algún cuento siendo niña que provocaba auténticas carcajadas entre los adultos. Uno de ellos hablaba de una señora que tenía la fea costumbre de toser. Sí, así, tal cual: la fea costumbre de toser. Para mí aquello era perfectamente normal, pero a los mayores les hacía tanta gracia que yo no terminaba de entender qué tenía de divertido. Quizá ya entonces empezaba a descubrir que las palabras pueden hacer cosas maravillosas: pueden contar una historia, pero también pueden provocar una sonrisa.
Con los años, escribir se convirtió en algo mucho más importante para mí.
He escrito para desahogarme, para expresarme, para alegrarme y también para entristecerme. Para ordenar lo que sentía cuando ni siquiera yo sabía muy bien qué me pasaba. Para sobreponerme. Para pensar. Para guardar cosas que no quería perder y para soltar otras que necesitaba dejar marchar.
Escribir ha sido, durante toda mi vida, una vía de escape.
En el instituto tuve un profesor de Lengua que me tenía un especial cariño. Me sacaba muchas veces a la pizarra para explicar a mis compañeros cuestiones de gramática y ortografía. Decía que tenía una conciencia de hablante muy desarrollada. Hace relativamente poco supe que había fallecido, y saberlo me hizo recordar con especial cariño aquellos años y aquellas palabras suyas que, sin saberlo él, se quedaron conmigo.
Porque me encanta el lenguaje.
Me gusta detenerme en las palabras, incluso en aquellas que creo conocer. Me gusta consultar sus significados, descubrir sus matices, su origen, sus usos. Me encanta leer la palabra del día de la RAE y descubrir que detrás de una palabra aparentemente sencilla puede esconderse un pequeño universo.
Quizá por eso siempre me he sentido acompañada por Calíope, la musa de la poesía épica y de la elocuencia. No sé si es que ella me inspira o si simplemente la he elegido como compañera de viaje, pero siento una especial conexión con ella.
Y durante años tuve rondando por la cabeza una idea: escribir una novela.
Hasta que un día dejé de pensar en ello y me puse a hacerlo.
Y lo hice.
Escribí Despertar antes de olvidar.
Mi novela no está publicada porque no he querido que lo esté. Es algo muy íntimo, muy personal, muy mío. No la escribí pensando en lectores, premios ni publicaciones. La escribí como quien se propone atravesar un territorio desconocido y llegar hasta el otro lado.
Era un reto personal.
Y lo superé.
Y eso, para mí, es suficiente.
Después llegó otro proyecto, diferente, aunque nacido de la misma necesidad de mirar y de contar: Lo inmenso de lo pequeño.
Se trata de un poemarios—aunque quizás no sea un poemario en el sentido tradicional de la palabra— en el que intento detenerme precisamente en esas pequeñas cosas de la vida a las que tantas veces no prestamos atención. Cosas que pueden darnos una alegría enorme, una sensación de paz, una emoción inesperada… o, por el contrario, inquietud, miedo, tristeza o desasosiego.
Porque a veces lo pequeño ocupa muchísimo espacio dentro de nosotr@s.
De ahí nace Lo inmenso de lo pequeño.
Poco a poco iré compartiendo aquí algunos de esos textos.
También estoy escribiendo relatos breves. Historias que nacen de cosas aparentemente insignificantes: una conversación, un recuerdo, una escena cotidiana, una palabra, una sensación… Pequeñas cosas que, cuando pasan por mi cabeza, pueden convertirse en historias mucho más grandes.
No pretendo decir que estén perfectamente escritas. Ni que tengan una técnica literaria extraordinaria. Probablemente no sea eso lo importante.
Para mí, lo verdaderamente importante es lo que la escritura consigue hacer con nosotr@s.
No creo que haya que escribir perfecto para escribir. Ni conocer todas las reglas de la literatura. Ni tener una técnica maravillosa. Hay que tener algo que decir, algo que sentir o, sencillamente, algo que necesitamos sacar de dentro.
Las palabras pueden ser un refugio.
Pueden ayudarnos a entender lo que nos ocurre cuando todavía no sabemos explicarlo. Pueden poner orden en el caos, transformar una emoción, aliviar una pena, conservar una alegría o convertir un recuerdo en algo que podamos volver a visitar.
Por eso animo a todo el mundo a escribir.
Aunque sea solamente para un@ mism@.
Aunque nadie vaya a leerlo.
Escribe una carta que nunca enviarás. Un diario. Un cuento. Un poema. Una frase. Lo que quieras.
Escribe para dar rienda suelta a lo que llevas dentro. Para expresarte. Para liberar lo que necesite ser liberado y, a veces, para aprender a controlar aquello que todavía no sabes cómo colocar en tu interior.
Porque escribir, al fin y al cabo, es una forma de hablar cuando las palabras habladas no son suficientes.
Y quizá también sea una forma de escucharnos.
Bienvenid@s a mi rincón de escritura.
Aquí habrá palabras, historias, poemas, pequeñas cosas y todo aquello que, por alguna razón, haya sentido la necesidad de convertirse en palabras.
Y quién sabe… quizá alguna de ellas consiga haceros reír, como aquella señora que tenía la fea costumbre de toser.