Con lo bien que íbamos

De las personas que se quedan a vivir en nuestros recuerdos.

Hay personas que han formado parte de nuestra vida de una manera tan natural que apenas nos detenemos a pensar en lo importantes que son. Están ahí, al otro lado de una valla, detrás de una puerta, en la casa de al lado. Y, sin que nos demos cuenta, van llenando años, construyendo recuerdos y convirtiéndose en parte de nuestra historia.

Hasta que un día se van. Y entonces descubrimos cuánto espacio habían ocupado.

Este sábado se ha ido una de esas personas.

Durante casi veinte años, cuando todavía vivía con mis padres, tuve la suerte de tener como vecin@s a esta familia: un matrimonio y sus cuatro hijas, que crecieron más o menos a la par que mi hermano y yo. Vivíamos casa con casa, chalet con chalet, pero la distancia entre nuestras familias era mucho menor que la que separaban las vallas de nuestros jardines.

De hecho, teníamos unas escaleritas entre las dos vallas por las que subíamos y bajábamos como si aquello fuera casi una única casa con dos tejados. Y, en cierto modo, en aquellos años, lo era.

Salíamos, cantábamos, nos reíamos hasta llorar. Organizábamos unos jolgorios que no había quien los aguantara. Guitarras, canciones, vermús, vinitos, chistes… Aquella época en la que cualquier excusa era buena para juntarse y cualquier tarde podía convertirse en una de esas que, sin saberlo, recordarías toda la vida.

Recuerdo aquellos años con una alegría inmensa. De esa alegría que está hecha de cosas pequeñas: de la gente que tienes cerca, de las risas que se te escapan sin pensar, de las puertas que nunca necesitas llamar…

Y ahora me doy cuenta de que una parte importante de aquella alegría tenía que ver con ell@s. Y, por supuesto, también con él.

Tenía un sentido del humor de esos que no se aprenden y una capacidad asombrosa para encontrar el chiste en cualquier situación. Siempre tenía una salida, una ocurrencia, una frase que te desarmaba. De esas personas con las que empiezas riéndote de una tontería y terminas llorando de la risa, incapaz de recuperar el aliento.

Él es, sin ninguna duda, una de las personas con las que más me he reído en mi vida.

Porque hay personas que, sin proponérselo, se convierten en el alma de los lugares que habitan. Personas cuya presencia hace que una reunión sea más divertida, una tarde más larga y un recuerdo más luminoso.

Él era una de esas personas.

Ayer, en el tanatorio, junto a las flores y sobre el féretro, su mujer y sus hijas habían colocado una cinta. No ponía un «Tu familia te quiere» ni ninguna de esas frases que una espera encontrar en una despedida.

Ponía: «Con lo bien que íbamos».

Entré llorando a aquel lugar, emocionada por su recuerdo y, la verdad, no pude contener la risa al leerlo, ni evitar pensar que no había mejor manera de despedirlo.

Era una frase suya, parte de uno de esos chistes que lo caracterizaban. Una de esas expresiones que, para cualquiera que no lo hubiera conocido, quizá no significara demasiado. Pero que para quienes compartimos años con él, contenía una vida entera.

Ahí estaba él. En esas cinco palabras, en su humor, en su manera de mirar las cosas, en esa forma tan suya de encontrarle el lado chistoso a la vida incluso cuando la vida se ponía seria.

Me da mucha pena que se haya ido. Pero también siento gratitud por haberlo conocido. Por haber compartido tantos momentos con él y con su familia. Por todas aquellas tardes, canciones, reuniones, carcajadas y tonterías que entonces parecían lo más normal del mundo y que hoy se revelan como algunos de los regalos que nos ha hecho la vida.

A veces pensamos que la felicidad está en las grandes cosas, en los viajes que hacemos, en los objetivos que alcanzamos, en todo aquello que nos proponemos conseguir. Y sí, también está ahí, pero muchas veces la felicidad es mucho más sencilla: es tener un@s vecin@s que terminan siendo familia. Es crecer junto a otras personas. Es compartir una guitarra, una copa de vino, una conversación que se alarga y una risa que no puedes contener. Es sentirte en casa también en la casa de al lado.

Y es no saber, mientras lo estás viviendo, que algún día echarás de menos todo aquello.

Quizá por eso quería escribir estas líneas. Porque no quiero que su marcha me deje únicamente la tristeza de su ausencia. Quiero que me deje también el recuerdo de su humor y de todo lo que compartimos.

Porque hay personas que no necesitan ser protagonistas de nuestra historia para convertirse en una parte importante de ella.

Hoy, en lugar de decirte adiós sin más, prefiero darte las gracias por las risas y por los recuerdos.

Gracias por haber formado parte de aquellos años tan especiales.

Y sí, querido vecino, qué rabia da tener que despedirse, con lo bien que íbamos…

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