Por qué la guitarra

La guitarra ha estado en mi casa desde que tengo memoria.

Mi padre siempre tuvo una. Mi tío también. Y en las celebraciones familiares, tarde o temprano, acababa apareciendo alguna. Con ella llegaba la música: canciones que probablemente ya no eran demasiado modernas ni siquiera entonces, pero que a mí siempre me gustaron.

Me ha encantado cantar desde pequeña. Aunque lo hago fatal y no tengo buena voz, cantar siempre me ha hecho feliz.

También recuerdo la música de los viajes en coche. Aquellos radiocassettes que sonaban durante horas con Franco Battiato, Carlos Cano, María Dolores Pradera… Música que forma parte de mis recuerdos.

Y siempre estaba la guitarra.

Mi padre con su guitarra. Mi hermano con la bandurria. Yo los miraba y admiraba a quienes sabían tocar.

Pero siempre desde fuera.

Nunca pensé que yo pudiera hacerlo.

Y lo curioso es que nadie me dijo que no pudiera. Nadie me quitó las ganas. Simplemente me había convencido de que aquello no era para mí.

Hasta que, ya bastante mayorcita, con 37 años, decidí que quería aprender.

Por mi cumpleaños, mi hermano me regaló mi primera guitarra: una Yamaha sencilla que todavía conservo.

Con ella aprendí mis primeros acordes. O, mejor dicho, mis primeros dos o tres acordes. Porque mis hijos eran pequeños y en aquella época no tenía ni medio minuto para sentarme tranquilamente. Una canción duraba más de tres minutos y yo no tenía tres minutos.

Así que lo dejé.

Pero la guitarra se quedó conmigo.

Seguía allí, esperando.

Hasta que, con 44 años, un día decidí que había llegado el momento y pude empezar a dedicarle un poco de tiempo. Un acorde, después otro. Aprender a cambiar de uno a otro. Volver a intentarlo. Y otra vez.

Los progresos eran pequeños, pero eran míos y, poco a poco, empecé a avanzar mucho más de lo que había imaginado.

Y entonces entendí algo muy sencillo:

no era que yo no pudiera tocar la guitarra. Es que nunca había pensado que pudiera hacerlo.

Durante años había confundido «no sé hacerlo» con «no puedo hacerlo».

Y no es lo mismo.

Quizá por eso la guitarra significa para mí mucho más que un instrumento: es la prueba de que a veces somos nosotr@s mism@s quienes decidimos, sin intentarlo, qué cosas son o no son para nosotr@s.

Y quizá por eso esta página se llama La Guitarra de Babel.

Porque a veces solo necesitamos darnos permiso para intentar aquello que durante años pensamos que no era para nosotr@s.

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